7.11.16

el misterio del Fausto

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El «Fausto» era un pesquero de casi 14 metros de eslora, uno de los más resistentes de los que buscaban su morada en La Palma, capaz de navegar a siete nudos de velocidad. Durante las fiestas del Carmen de 1968, en pleno Franquismo, al pesquero se le asignó la tarea de transportar plantones de platanera a la isla de El Hierro (a poco más de 98 kilómetros de La Palma). Se trataba de un trabajo rutinario, sin sobresaltos posibles.

El 20 de julio tres de los tripulantes habituales del barco, los hermanos Ramón y Heriberto Concepción (47 y 42 años) y Miguel Acosta (43 años), primo de los dos anteriores, partieron de Puerto de las Puntas (El Hierro) acompañados de Julio García Pino (27 años), un mecánico que tenía una hija enferma y necesitaba llegar a La Palma cuanto antes. Cargaron agua y diez kilos de fruta y se echaron a la mar en la madrugada de ese mismo día. Por desgracia ninguno de ellos llegó jamás a puerto.

El 21 de julio a primera hora debería haber regresado «El Fausto» a su morada. No había niebla a la que culpar, ni vientos fríos que pudieran haber complicado la navegación. El pesquero se perdió en una mar en calma, frente a una de las islas más altas y visibles del mundo (en relación a su superficie). Debido al retraso, las autoridades desplegaron al momento un dispositivo de búsqueda que incluía un avión del Ejército del Aire, concretamente un Heinkel del Servicio Aéreo de Rescate (SAR)32. Cuando el corazón de los familiares empezaba a estremecerse, la búsqueda dio pronto sus frutos.

El 25 de julio, un buque frigorífico de bandera inglesa, la «Duquesa», avisó de que había hallado al barco canario a unos cien kilómetros al oeste de Tazacorte y de que sus tripulantes estaban bien. Ni siquiera informaron de avería alguna. La comunidad pesquera resopló aliviada. Parecía posible que, llanamente, «El Fausto» se hubiera desviado de su ruta por algún problema mecánico hasta terminar a 176 kilómetros de La Palma. En una localización poco accesible, en un brazo de mar fuera de los mapas.

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Los tripulantes de «El Fausto» declinaron que el barco inglés les remolcara o les acompañara hasta La Palma. A pesar de llevar días desaparecidos, los cuatro marineros estaban bien y pidieron únicamente combustible y provisiones para volver por cuenta propia.

En pocas horas, el puerto de Tazacorte se llenó de familiares, amigos y vecinos para recibir al fin al barco perdido, cuya llegada calcularon los ingleses para las 17.00 horas de ese extraño 25 de julio. Pero esta nunca se produjo. Hubo quien permaneció en el puerto hasta la madrugada, sin que la embarcación apareciera en el horizonte canario. Tampoco lograron dar con ella los barcos que salieron a su encuentro, uno de ellos con una potente estación de radio cedida por el Correo Plus Ultra de la Compañía Trasmediterránea.

Al día siguiente se reanudó el rastreo, ya con cuatro aviones desplegados en las coordenadas en las que el barco inglés decía haberse encontrado con «El Fausto». Una operación, el mayor dispositivo aeronaval de la historia de Canarias, que fue languideciendo con el paso de las semanas y la pobreza de resultados. Era como si el pesquero se hubiera esfumado de la faz de la tierra.

El barco permaneció en el limbo del Atlántico hasta tres meses después. El 7 de agosto se declaró oficialmente desaparecido. Y cuando parecía que el agua se había tragado hasta sus huesos, el pesquero canario dio de nuevo señales de vida. Un buque italiano llamado «Anna di Maio» informó el 9 de octubre de que se había topado con un barco fantasma, abandonado en pleno océano, a la altura del Trópico de Cáncer, con una matrícula similar a «El Fausto».

En el interior del barco no había nadie con vida, únicamente un cadáver desnudo y en proceso de momificación situado en la sala de máquinas junto a un aparato de radio. Más tarde se habló de que el cuerpo era el de Julio García Pino. Los italianos acordaron remolcar el pesquero hasta Puerto Cabello, en Venezuela, pero solo dos días después la tripulación volvió a comunicarse con las autoridades para decirles que habían perdido de vista la embarcación.

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El cabo que unía los dos barcos se había soltado (cortado, según algunas versiones) y resultó imposible dar con él. O al menos eso dijeron los italianos. Tampoco en tierra pudieron aportar restos o pistas de lo que había ocurrido en el interior de «El Fausto». Solo en una segunda conversación con las autoridades los italianos mencionaron la existencia de una libreta con las hojas arrancadas que habría pertenecido a García Pino, el marinero que se había embarcado en el último momento.

En la única hoja sin arrancar, la última, el mecánico canario daba instrucciones sobre cómo debía administrar su mujer las propiedades cuando él faltara, así como dos frases terriblemente inconclusas: «Nunca le digas a Julín (uno de sus hijos) lo que ha pasado». A lo que añadía, también dirigiéndose a su esposa Luz: «Tu sabes que Dios quiso para mí este destino».

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CÉSAR CERVERA
“El misterio nunca resuelto del barco fantasma «El Fausto», el expediente X de la marina española”
(abc, 03.11.16)

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