21.8.17

columnas masónicas

wikipedia

El templo masónico, al igual que la catedral medieval, es una representación del Universo. Por este motivo sus dimensiones se trazan desde Oriente a Occidente, del Norte al Sur y del Cenit al Nadir. El cielo está pintado como la bóveda celeste, oscura hacia occidente, donde reina la noche, la luna y las estrellas, y luminosa en el oriente, con el sol resplandeciente. Para los masones este templo simboliza también el famoso Templo de Jerusalén. (…) El pórtico se encuentra franqueado por dos columnas, que rememoran a las que estaban erigidas en Jerusalén. Cada una de ellas llevaba inscripta una letra misteriosa: B y J. Según la leyenda, los aprendices masones que trabajaban en la construcción del Templo de Salomón cobraban sus salarios al pie de la columna B, mientras que los compañeros masones hacían lo propio al pie de la columna J. Ambas columnas fueron empleadas hace casi tres milenios y aun en la actualidad los aprendices y los compañeros se encolumnan en cada una de ellas.

(…)

Esas dos columnas, que parecen no sostener nada, simplemente soportan al Universo y cada vez que una es quebrada o abatida, el Orden se sumerge en el Caos, el Universo se desmorona en el vacío y Dios sueña su sueño cósmico.

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En las antiguas religiones solares, los sacerdotes esperaban la salida del sol entre dos columnas. Así era en Luxor, en Tebas, en Karnak, en Stonehenge, en Languedoc y Mesoamérica. Sin columnas no hay Orden. No podemos saber siquiera dónde está el Oriente, ni encontramos la entrada del Templo en Oocidente.

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La columna del norte lleva en su fuste la letra hebrea Beth. Con esa letra comienza el Genésis bíblico (bereshit: en el principio); sobre ella está edificada la Torá; su forma es la de una letra u acostada hacia la derecha, cerrada por arriba, por abajo y también por etrás; sólo se abre hacia dlenate, como si indicara el camino a seguir.

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Si la columna del norte es la del rigor y del aprendizaje, la del sur es la de la misericordia y la sabiduría. Lleva en su fuste la letra hebrea Iod, que es la inicial del nombre del Dios bíblico. En la tradición testimentaria del sur proviene el pueblo de Dios; del sur llegará el Mesías. El sur es el lugar del amor, la piedad y la sabiduría.

Desde su organización primitiva, la francmasonería proclamó a sus neófitos como aprendices masones entre estas dos columnas.

EDUARDO R. CALLAEY
“La masonería y sus origenes cristianos”

19.8.17

algo de hugo díaz


stormy weather


arrabal amargo


blue moon


zamba para no morir


sur

18.8.17

sarmiento y la estatua de la libertad

la nación

David Weingarten junta miniaturas y enigmas. Miniaturas tiene más de 3500. Son souvenirs arquitectónicos históricos de edificios y monumentos emblemáticos de todo el mundo, producidos en gran parte en bronce y mármol a principios del siglo XIX. Por este hobby, que comenzó en los 70 como alternativa a su oficio de arquitecto en California, es considerado el mayor coleccionista del planeta en su estilo.

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“¿Y si el autor intelectual de la Estatua de la Libertad de Nueva York fue Domingo Faustino Sarmiento?”. A Weingarten, la teoría de que el padre del aula pudo haber mentado la efigie más conocida y con mayor valor simbólico de nuestra era le quita el sueño desde hace 15 años, cuando compró en una subasta una versión sugestiva y original de la señora de América, que mide 1,27 metros, es de zinc patinada en bronce y fue hecha por la fundición francesa Avoiron entre 1878 y 1881. Luce un gorro frigio en lugar de su distintiva tiara de 7 puntas, y en la tablilla de la ley que sostiene en su mano izquierda, una leyenda abre la caja de todos los misterios: 25 de Mayo de 1810.

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Su premisa se sostiene en la larga amistad que Sarmiento mantuvo con Edouard de Laboulaye. En casa del estadista francés, durante la famosa Cena de Versailles, surgió la idea de que Francia le regalara a los Estados Unidos un monumento para el centenario de la declaración de su independencia, a celebrarse en julio de 1876, como símbolo de amistad entre ambos países. La cena fue una noche de 1865 y asistió quien terminaría siendo el autor histórico y por nadie discutido de la obra, Frédéric Bartholdi. Pero Sarmiento (DFS) y Laboulaye se conocían e intercambiaban correspondencia sobre sus inquietudes políticas de desarrollo y progreso desde 1846. Y en su doble condición de redactor-jefe del diario El Nacional y de director de la comisión que completó la Pirámide de Mayo en 1856, DFS se habría referido a la escultura a emplazarse en su ápice como. Estatua de la Libertad. Si Sarmiento bautizó así a la figura del escultor Joseph Dubourdieu que completaría nuestro primer monumento patrio nueve años antes de la cena de Versailles -la Pirámide estaba ya desde 1811, lo que se agregó fue la estatua-, ¿por qué se habrá decidido coincidentemente en casa de su amigo Laboulaye donarle a los Estados Unidos un monumento a la libertad?

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La historia no oficial de la estatua que corona la entrada sur de Manhattan dice que en realidad se trata de un aggiorno de otra pieza descomunal que Frédéric Bartholdi ideó para el Canal de Suez en Egipto. Pretendía una escultura-corolario de la súper obra de ingeniería para unir los mares Rojo y Mediterráneo proyectada y construida por Ferdinand de Lesseps. Se iba a llamar Egipto iluminando Asia, o Egipto iluminando Oriente, pero de ningún modo se iba a llamar Estatua de la Libertad, o La Libertad Iluminando el Mundo, nombre oficial de la de Nueva York.

Precoz y visionario, Bartholdi hace un viaje de siete meses por Oriente. En 1856, él tiene 21 años y lo seduce la idea de aprender arte directamente de las fuentes de Egipto, Yemen y Abisinia -luego Etiopía-. Coincide en el trayecto de ida con Ferdinand de Lesseps y con los miembros de la Comisión Científica Internacional que perforará el istmo de Suez. A París vuelve con el pensamiento de una gran efigie faro, inspirado probablemente en el Coloso de Rodas -maravilla del mundo antiguo del que sólo queda el mito, porque desapareció tras un terremoto en el 226 antes de Cristo-. Pero De Lesseps pulveriza su plan. No quiere saber nada de una escultura que le haga sombra a un canal que según él era un monumento en sí mismo. Pero no vacila ni un segundo cuando decide erigir, 30 años más tarde, una estatua de 12 metros de altura al norte del canal representando a. ¡él mismo! La obra estuvo en pie hasta mediados del siglo XX, cuando fue a parar al fondo del mar tras una revuelta popular.

Bartholdi se sumó al plan de agasajar a los Estados Unidos cuando empezó a frecuentar las recepciones del jurista Laboulaye. Sus biógrafos sostienen que el joven escultor ya había abandonado para entonces sus comedidas convicciones republicanas y sólo quería ofrecerle su proyecto a quien fuera, ya sea un príncipe egipcio, un emperador francés, o una república americana.

Con el cambio de destino y conforme evolucionaba el plan para NY, su alegoría cambió también de vestuario: se le quitó el vestido de campesina árabe imaginado originalmente y se le puso la estola de diosa grecorromana; se le sacó la cofia y se ciñó una corona de rayos, accesorio clásico que Francia ya había usado en 1848 sobre el sello oficial de la Segunda República. Bartholdi, por supuesto, nunca habría de reconocer que recicló un sueño frustrado que terminó ofreciendo como regalo de segunda mano.

Francia se encargó de la construcción y ensamblaje de las piezas y los Estados Unidos de la edificación del pedestal. El 17 de junio de 1886, con casi 10 años de atraso, la escultura seccionada en pedacitos llegaba al puerto de Nueva York. La obra fue inaugurada el 28 de octubre. El presidente norteamericano Grover Cleveland, 600 invitados y miles de curiosos presenciaron el acto ese día gris de niebla. También Ferdinand de Lesseps, que además de todo lo contado, llevaba entonces casi 40 años de amistad con Sarmiento, perfectamente documentada en las cartas que se conservan en el Museo Histórico Sarmiento del barrio de Belgrano.

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El 23 de mayo de 1856 DFS escribió en el diario El Nacional sobre una Estatua de la Libertad. Decía de la inminente presentación en sociedad de una escultura que iría sobre la Pirámide de Mayo, en la entonces llamada Plaza de la Victoria: “La erección de esa estatua prueba que la libertad existe y es la aspiración dominante en todas las clases de la sociedad. (.) Para colocar en lo alto de la pirámide la Estatua de la Libertad ha sido necesario refinar el estilo arquitectónico”.

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Pero el texto más auspicioso es el del 23 de mayo: “No en todos los países civilizados del mundo vendría hoy al pensamiento de nadie elevar una estatua a la libertad, idea que ha sido acogida y realizada con entusiasmo actualmente en Buenos Aires (.). La erección de esa estatua prueba que la libertad existe, y es la aspiración dominante en todas las clases de la sociedad”. Nuestra Estatua de la Libertad con el mismo gorro frigio que la que tiene David en su casa de California, nos vela desde entonces.

Luego llegarían al país varias versiones a escala de la de Nueva York, sobre moldes originales de Bartholdi, en circunstancias difíciles de aclarar. Para muestra de las tantas -una en San Juan, dos en la Casa de Gobierno de la Plata, varias diseminadas por Sudamérica-, la imprecisa hoja de vida de la que está en las Barrancas de Belgrano, sobre la calle Pampa. Pasa desapercibida, pero figura en el libro Imágenes de Libertad: Modelos y Reducciones de la Estatua de la Libertad, publicado por la casa Christie's en 1986, en el que también se menciona a la de Weingarten. Fortuitas páginas de internet dicen que fue inaugurada el 3 de octubre de 1886, 25 días antes que la estadounidense. Lo dice también la memoria que acompaña a una foto de 1931 que se conserva en el Archivo General de la Nación Argentina. En Barrio de Belgrano, hombres y cosas de su pasado, texto editado por la Municipalidad de Buenos Aires hace medio siglo, se indica que fue adquirida en 1868 a la fundición francesa Val D'Osne como parte de una compra grande de motivos decorativos para los paseos públicos de la ciudad, y que fue puesta allí en 1875 siendo José Saborido Juez de Paz en el barrio.

Val D'Osne era desde 1836 una de las grandes proveedoras de modelos industriales ornamentales y escultóricos para las capitales más modernas. Sus piezas se encargaban por catálogo. Fue una de las que más contribuyó a que Buenos Aires, con sus más de 300 monumentos, esculturas, farolas, copones, mástiles y ánforas fuera considerada a finales del siglo XIX La París de América latina. Pero 1868 es una fecha poco y nada probable: el primer modelo a escala de la Estatua de la Libertad de Bartholdi para comercialización -decenas de estas reducciones se vendieron para ayudar a financiar la construcción de la gigante de Manhattan- es de 1870.

(…)

Laboulaye, De Lesseps e Eiffel, tres de los grandes involucrados en la gestación del monumento neoyorquino, estuvieron relacionados con Domingo Faustino Sarmiento. Los tres, al igual que Sarmiento y Bartholdi, eran masones (algo que se evidencia en la simbología de las esfinges).

(…)

SILVINA DELL´ISOLA
“Sarmiento y un enigma: la Estatua de la Libertad”
(la nación, 06.08.17)

17.8.17

frases de “El Planeta de los Simios: La Guerra”



No empecé esta guerra. Te ofrecí la paz. Te mostré misericordia. Pero ahora estás aquí para acabar con nosotros.

Toda la historia humana ha llevado a este momento. La ironía es que nosotros lo creamos. Y la naturaleza nos ha castigado desde entonces. Ésta es nuestra última posición. Y si perdemos... será un planeta de simios.

Simios… juntos… ¡Fuertes!

¡Somos el principio! ¡Y el fin!



No empecé esta guerra. Pero la terminaré.

Hay momentos en que es necesario abandonar nuestra humanidad para salvar a la humanidad.

-¿Has venido a salvar a tus simios?
-He venido por ti.



Simio Malo.

Ésta es mi pelea. Puede que no regrese. Asegúrate de que mi hijo sepa quién era su padre.

Eres impresionante. Inteligente como el infierno. Eres más fuerte que nosotros. Pero lo tomas demasiado personalmente… ¡Tan emocional!

No somos salvajes. Los monos pelean sólo para sobrevivir.

Dentro de años a partir de ahora sus hijos le preguntarán: “¿Qué hiciste en la Gran Guerra?” Y podrán decirles: “Yo luché para proteger este mundo”.

Ella es una de nosotras.



Tengo un mensaje para su Coronel: “Déjanos los bosques y la matanza puede parar”.

Maurice tenía razón. Soy como Koba.

Eres él. Eres Caesar. Te hemos estado buscando por tanto tiempo.

-¿Quién es niña?
-No lo sé.
-¿Pero ella contigo?
-No tiene a nadie más.

¡Oh, no! ¡Oh no! No, no. No no no no… De acuerdo.



Prepárense para la batalla. Tomaron demasiado de mí. Hogar, familia… más monos mueren todos los días.

Deben pagar. Terminaré esto.

¿Qué te prometieron los humanos? No importa lo que hagas, nunca serás uno de ellos. Eres un mono.

Koba comenzó esta guerra. Sólo lucho para proteger a los simios.

-No podemos llevarla, Maurice.
-Lo sé. Pero no puedo dejarla sola.



Los simios necesitan comida y agua.

Los monos son fuertes con o sin mí.

Humano se pone enfermo, simios se ponen inteligentes, entonces los humanos matan mono. No a mí. Yo corrí.

16.8.17

apocalyse monkey


EL PLANETA DE LOS SIMIOS: LA GUERRA
data: http://www.imdb.com/title/tt3450958

Se cierra el ciclo del relanzamiento de “El Planeta de los Simios”, tras la fallida experiencia en manos de Tim Burton. Este episodio tiene el agregado de “La guerra” y nos habla del enfrentamiento final entre simios y humanos, con el choque de dos protagonistas: Caesar, el simio líder, y el Coronel. En ellos está la evolución que han seguido monos y seres humanos: unos potencian su inteligencia, el dominio del idioma y su empatía hacia sus prójimos; otros siguen la senda contraria.

Hay dos historias en los que se inspira Matt Reeves (director y coguionista del filme) para contar este episodio de “El Planeta de los Simios”: “Apocalypse Now” de Coppola y la saga bíblica de Moisés. Un Señor de la Guerra que ha perdido la razón en el campo de batalla, en una contienda que se encamina hacia su derrota: es la historia del Coronel. El líder que guía a su pueblo a un nuevo destino, a un lugar soñado que lo salve de la extinción: es la historia de Caesar.



Si los caminos de los personajes marchaban paralelos, inevitablemente, deberán encontrarse para definir su suerte. Y lo que es un rasgo de buen guion es que ninguno de los dos protagonistas puede ganar del todo. El éxito o el fracaso de su pueblo será un premio que no podrán ver, no importa quién gane.

La clave de la película, el tema vital de la historia, está en que esta confrontación va más allá de la preminencia de un grupo u otro. Lo que está en juego en el campo de batalla es en qué cosa se han convertido unos y otros. Si para asegurar el triunfo de los humanos, hay que perder la humanidad en el camino, esa victoria será pírrica. En este estadio de la humanidad, los humanos rasgos de la piedad están en los monos. Y el personaje de Nova, la niña huérfana protegida por los simios, encarna este ideal.

Otro cambio en la confrontación afecta al héroe: Caesar lucha por no ser como Koba. La muerte de su familia lo ha hundido en el odio. Y aunque se resiste a esa sombra, sabe que lo ha afectado por siempre. La lucha está perdida. Tal vez ese odio sea la explicación de porqué no puede entrar a la Tierra Prometida. Como Moisés la verá de lejos sin entrar en ella.



Aunque el final sea de esperanza, “El Planeta de los Simios: La Guerra” es oscura: porque si bien podemos mirar el surgimiento de los simios, el fin de una persecución y la renovación de un nuevo futuro, también asistimos al final de lo que fue, una promesa incumplida y el ocaso de una civilización. Y en este eclipse estamos nosotros, los seres humanos, los que no pudimos dar la talla e involucionamos hacia la noche.

El alarde técnico digital es funcional al conflicto dramático. Olvidamos que los simios no existen. Y su expresión supera la artificialidad de la digitalización. Andy Serkis, detrás de la máscara, maneja los hilos expresivos del personaje. Su mirada resume sus pensamientos con gran efectividad. Woody Harrelson como el Coronel se entrega al cliché sin que eso opaque su tarea. Los demás personajes secundarios entregan sus buenos momentos, aportan su escena decisiva.



Un último punto: en “El Planeta de los Simios: La Guerra” define la expresión de los personajes más que sus palabras. Hay grandes frases y parlamentos; hay muy buenos momentos de acción y escenas bien planeadas y mejor resueltas. Pero esas escenas de un intercambio de miradas (la de Nova con Caesar en la jaula, por ejemplo), son de antología.

Digno cierre de una saga que promete más capítulos. Pero esta trilogía inicial es sólida.

Mañana, las mejores frases.

15.8.17

opinión: de porqué las cosas no salieron cómo dijimos que iban a salir

Avanzada la noche, los resultados electorales de las PASO perfilaba el triunfo nacional de Cambiemos. Y con el resultado, el periodismo se preguntaba en voz alta qué había fallado cuando, como en cada elección, profetizaban resultados refutados por los guarismos finales. Tal vez deberían preguntarse a quienes ponen frente a ellos para analizar (sic) la realidad. Porque desde los mismos medios que se asombraban del pobre poder predictivo de las encuestas que habían difundido en las últimas semanas, no tenían mejor idea que pedirles a gente como Artemio López y Jorge Asís que les explicaron lo que había sucedido.

Cuando en la madrugada, la elección en Provincia de Buenos Aires se convertía en un empate virtual, los conductores de un importante canal de noticias del cable derrapaban en vivo, tirando porcentajes sin ton ni son. A nadie de la producción se le ocurrió armar una tablita Excel, con cada distrito de la provincia, cargar los datos que ya estaban en línea y estimar cuántos votos obtendría cada lista con el sencillo criterio de considerar que los votos que faltaban escrutar se distribuían en la misma proporción que los votos que ya estaban escrutados. Toda la información estaba en la página oficial del escrutinio. En media hora (por decir mucho), se podría haber hecho eso y tener una idea cabal de lo que podía pasar. Más aún: con cada nueva carga de votos, el estimado se podría ajustar con más exactitud.

Quedaba en evidencia que el canal de noticias de uno de los principales multimedios no se les ocurrió contratar a gente que supiera (matemáticos, estadísticos y unos cuantos data entry) para cubrir la elección. No consideraron útil que los espectadores recibieran la información que se necesitaba en ese momento. Prefirieron chatearse con los operadores de Cambiemos o Unidad Ciudadana y hasta leer un twitter de una cuenta falsa y humorística de la ex Presidenta, como si fuera de la misma Cristina Fernández.

Son perlas que no reflejan una excepcionalidad sino la norma. Los principales medios argentinos periodísticos tienen un elenco estable de opinólogos que nos da su versión de la realidad sin que tengan el menor rubor cuando la propia realidad los desmienten. No pueden justificar sus argumentos, no nos dicen en qué premisas se basaron para sus conclusiones, no explicitan la metodología de sus pronósticos. Fracasan una y otra vez, pero en la elección siguiente, los siguen llamando.

Cuando (siguiendo la etiqueta de Durán Barba) pretendamos definir los usos y costumbres del Círculo Rojo, éste es un buen ejemplo de cómo opera. Los hacedores de noticias consumieron durante las últimas dos semanas la ficción de que Cristina Fernández de Kirchner ganaba el distrito por varios puntos y hasta se hicieron circular encuestas de que esa diferencia se estiraba a diez, provocando pavor en el mercado de capitales y cambiario. Ellos lo generaron, ellos lo asimilaron, ellos lo difundieron y ellos se lo creyeron. Y cuando los votos dijeron otra cosa, ellos se sorprendieron. Se sorprendieron de haberse creído lo mismo que ellos habían inventado.

Parece un síntoma de psicopatía pero está más cerca de ser un signo de chapucería o falta de idoneidad.

14.8.17

cuando el coche eléctrico perdió la batalla

cultura científica

(…)

El primer vehículo eléctrico del que se tiene noticia fue obra del químico británico Robert Davidson. Lo fabricó en Aberdeen en 1837. En 1842 construyó otro con una batería de zinc, llamado Galvani, que se desplazaba a 4 millas por hora. El zinc que consumía era cuarenta veces más caro que el carbón que había que quemar en una máquina de vapor para conseguir el mismo resultado y, en todo caso, no era de ninguna utilidad. En 1884 Thomas Parker construyó en Londres el primer coche eléctrico de baterías recargables –un prototipo, en realidad- y en 1888 Andreas Flocken creó en Alemania el Flocken Elektrowagen, considerado el primer coche eléctrico verdadero de la historia. A partir de entonces se empezaron a fabricar industrialmente y llegaron a ser bastante populares por su fácil manejo y comodidad.

A finales del XIX había en Londres una amplia flota de taxis eléctricos conocidos con el nombre de “colibríes”. El Comisionado de la Policía Metropolitana aprobó su uso para hacer frente al creciente problema de tráfico, ya que ocupaban la mitad de espacio que los coches de caballos. Taxis similares circularon por París, Berlín y Nueva York. A comienzo del siglo XX había en los Estados Unidos más de treinta mil coches eléctricos registrados. Eran mucho más populares que los de gasolina, menos ruidosos y no contaminaban el aire de las ciudades. Sin embargo, en poco más de una década la fabricación de esos coches se redujo hasta cesar. Los conductores de los coches de caballos londinenses lanzaron una intensa campaña haciendo publicidad de las averías y accidentes de sus rivales eléctricos hasta conseguir sacar del mercado a la London Electric Cab Company. Los coches eléctricos tuvieron algunos problemas técnicos, es cierto, pero fueron exagerados por sus rivales, que se esforzaron por mostrar a sus nuevos competidores bajo la peor apariencia posible.

Al mismo tiempo, el descubrimiento de grandes reservas de petróleo hizo que el precio de éste se desplomase, y Henry Ford empezó a vender coches de gasolina a la mitad de precio que los eléctricos. La construcción de mejores carreteras en Norteamérica incentivó los desplazamientos de larga distancia en automóvil, algo que no estaba al alcance de los coches eléctricos por su escasa autonomía y excesivo tiempo necesario para recargar las baterías. La introducción en 1912 del motor de arranque eléctrico acabó por inclinar la balanza a favor del coche con motor de combustión interna. Así fue como este acabó siendo el que ganó el siglo que, al comienzo, iba a ser del motor eléctrico.

(…)

JUAN IGNACIO PÉREZ
“La parábola del coche eléctrico”
(cultura científica, 06.08.17)