21.6.17

oro del tonto


EL PODER DE LA AMBICIÓN
data: http://www.imdb.com/title/tt1800302

Inspirada en la combinación de personajes reales, “Gold” (el título original de la perezosa traducción de “El poder de la ambición”) es una metáfora de lo que Hollywood siente que es el capitalismo norteamericano hoy: un ejercicio de timo. Tal vez no estén tan alejados de esa realidad: poco importa cuán real es lo que hay detrás de las alquimias financieras. Si el mercado de capitales, en otros tiempos, era una expresión de las actividades industriales que le daban soporte, hoy es una lotería de apuestas en las que se busca maximizar el principio de “todos los días nace un tonto”. “Gold” es una de esas historias, contada de gran modo y con pulso firme.

Toda la clave de “Gold” está resumida en una escena, cerca del inicio, cuando Kenny Wells, nuestro protagonista, escucha a su padre, fundador de la compañía minera, preguntarse en voz alta lo duro que se trabaja en el negocio, a veces para nada. “Me despierto cada mañana y me digo a mi mismo: ‘No tengo que hacer esto. Puedo hacer esto’. Y entonces sólo hay... cielos azules” le escucha decir. Y es la última vez que lo verá vivo.



Esas palabras son el legado de un padre. Un pesado legado. Porque Kenny Wells intenta cumplir con esa herencia, intenta triunfar sacando oro de las entrañas de la tierra, allí donde su padre no pudo, como un modo de honrarlo, como un modo de tener su aprobación. Por eso, Wells, en su peor momento, cae presa de esa apuesta que es Michael Acosta, el geólogo de la “Teoría del Anillo de Fuego”. Y por ese pone su corazón en un sueño. Lo dice cerca del final: nunca fue por dinero; siempre fue por el oro. Y el oro es el sueño. Quien no tiene un sueño, no tiene nada.

Wells compromete todo su patrimonio, su amor, su futuro, su cuerpo, en la búsqueda del oro. En esa fiebre lleva a Wall Street atado tras su sueño. Y los popes de las finanzas le siguen el juego, detrás de ese objetivo de ganancias monumentales y rápidas.



El capitalismo que describe “Gold” es muy parecido al del “Lobo de Wall Street” (http://libretachatarra.blogspot.com.ar/2014/01/en-lo-que-derivo-el-sueno-americano.html) o el de “La gran apuesta” (http://libretachatarra.blogspot.com.ar/2016/01/la-casa-siempre-gana.html), un juego de lotería llevado a cabo por atolondrados, ambiciosos e incapaces. Una fiesta en la que todos participamos buscando salir ganadores, sabiendo que, tarde o temprano, habrá perdedores. Y que cuanto más se gane, más grande serán las pérdidas. Es lo más parecido a un fraude a escala sideral. Y esa comprobación es la certeza de que el sueño americano, el trabajo de hormiga del empresario que toma riesgos y genera empleos, se convirtió en un festival de la codicia asociada a la estupidez. Inevitablemente, habrá daños colaterales.

En ese contexto, hay otra historia: la de una amistad. La de Wells con Acosta, dos perdedores que quieren mostrarle al mundo que pueden ganar. La sutileza de la trama es que el aparente triunfo muta a derrota y luego a triunfo nuevamente. Wells y Acosta juegan sus cartas de modos distintos: Wells apuesta a la actividad, como lo hizo su padre; Acosta al engaño, como lo imponen los tiempos actuales. La escena final nos dice quién es amigo y quién gana en este juego descarnado.



“Gold” tiene mucho ritmo. Su trama es ágil. Y centrípeta a la figura colosal de Matthew McConaughey, pelado y gordo, que encarna al protagonista y sostiene el guion y la mayor parte de la película. Los secundarios (con la excepción de Edgar Ramirez, el geólogo) están más desteñidos, incluyendo a Bryce Dallas Howard que entra y sale de la historia sin mayor peso.

Vale tener a “Gold” en cuenta, cuando rastreemos las historias del capitalismo contemporáneo. Para no dejar pasar.

Mañana, las mejores frases.

20.6.17

ojo chatarra: último otoñal

Despedimos el otoño 2017 con varias imágenes del tablero Ojo Chatarra de nuestra cuenta en Pinterest:

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ojo chatarra
ajyager: Geometry and Color by Franco Fontana

ojo chatarra
odio el martillo del piso de arriba

ojo chatarra
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I’m gonna swing from the chandelier


ojo chatarra
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photo Kamera work : Toques de Inspiracion 142


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India 2016


ojo chatarra
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Bizarre photos from the past : theCHIVE


ojo chatarra
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cobalt and orange


ojo chatarra
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flora borsi


ojo chatarra
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Autor: Ferri Farahmandi Obra realiazada en cerámica que representa el cuerpo de una mujer humana. Como significado tiene algo que ver con el amor a uno mismo ya que la persona se esta envolviendo en sus propios brazos.


ojo chatarra
Artículo de Francesco Mugnai
Fantastic photos of unique door knobs from all over the world!Doorknobs..awesome!!!


ojo chatarra
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Retrato de familia.


ojo chatarra
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Moebius - Wildlife of Mars (2010)

19.6.17

el cóndor riojano

wikipedia

Sus admiradores lo bautizaron “El Cóndor riojano”. Otros lo nombraron “Centinela de Los Andes”. En cambio, los amantes de las definiciones con imágenes literarias, buscaron algo más poético y lo llamaron “El rastreador de estrellas”. No hay dudas de que cualquiera de las tres definía muy bien la personalidad de este aviador argentino quien, durante la Primera Guerra Mundial, no sólo tomó partido por Francia, sino que también anduvo jugándose la vida esquivando balas alemanas. Cuentan que muchas veces volvía a la base con el fuselaje de su avión lleno de agujeros, pero con la misión cumplida. Esas acciones audaces hicieron que los franceses lo convirtieran en héroe nacional y lo premiaran con la Medalla Militar y la Orden de la Legión de Honor, algo poco común para un extranjero. Y él supo lucirlas sobre su pecho con orgullo.

Con todos esos méritos acumulados, también le ofrecieron la ciudadanía francesa. Sin embargo Vicente Almandos Almonacid, el dueño de todos esos elogios, prefirió quedarse con la de su nacimiento, ocurrido en San Miguel de Anguinán, en la provincia de La Rioja, el 24 de diciembre de 1882. Anguinán (como la llaman los habitantes) está a siete kilómetros de Chilecito y actualmente es un importante centro vitivinícola y de productores de aceitunas.

(…)

Vicente Almandos Almonacid era hijo de un empresario minero que tenía su mismo nombre y que fue gobernador de La Rioja entre 1877 y 1880. Su madre se llamaba Esmeralda Castro Barros. Cuando el padre murió, el futuro aviador tenía 9 años. Entonces la familia (afirman que había quedado en mala situación económica por la crisis de 1890) se radicó en Buenos Aires. El muchacho estudió después en el Colegio Nacional y en la Escuela Naval Militar. Allí recibió el título de guardiamarina aunque dicen que por una discusión con una autoridad no completó el curso. Luego ingresó a la Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales donde cursó materias relacionadas con la Ingeniería y la Agrimensura. Fue en ese tiempo cuando construyó un aeroplano al que denominó “el aeromóvil”. Con ese aparato hizo pruebas en El Palomar.

Sus deseos de aventuras lo llevaron después hacia París, por entonces un lugar donde la ciencia y la tecnología estaban a la vanguardia del desarrollo. Y, entre otras cosas, estaba la primera escuela de aviación. Eran los meses finales de 1913 y afirman que Almandos Almonacid intercambiaba conocimientos con distintas figuras, entre ellas Gustave Eiffel. Pero lo más curioso fue cuando cerca de Versalles fue a estudiar para formarse como piloto. Por falta de un traductor, los profesores interpretaron que el riojano era un experto y lo largaron a volar solo. La leyenda dice que después de distintas piruetas, hechas por su inexperiencia, logró aterrizar. Lo sorprendente fue que los franceses lo aplaudieron creyendo que había hecho una gran exhibición. Con más práctica, en 1914 le dieron su brevet. Fue en ese año que ingresó a la Legión Extranjera y lo nombraron piloto militar.

Como integrante de la Escuadrilla 27, que actuaba cerca de la frontera alemana, fue que desarrolló su heroica campaña. En esa zona el piloto argentino tuvo una activa participación militar. Y una idea suya resultó muy importante y novedosa: Almandos Almonacid realizaba vuelos nocturnos sobre territorio enemigo (algo inusual) y en una misión hasta bombardeó una fábrica de gases tóxicos. Aquella operación y la posterior persecución de los aviones alemanes casi le cuesta la vida. También, por sus conocimientos de Ingeniería, colaboró en el desarrollo y diseño de los aviones franceses y de sus sistemas para llevar y lanzar bombas. En 1919 volvió a la Argentina escoltado por una escuadrilla de aviones franceses. En Buenos Aires una multitud lo aplaudió durante un recorrido por la Avenida de Mayo. Los historiadores cuentan que el nombre del argentino Almonacid está inscripto entre los héroes que figuran en las paredes del Arco del Triunfo en París, aunque algunos sostienen que la palabra alude a una batalla ganada en España por tropas francesas.

Ya instalado en el país, quedó como jefe de la Misión Aeronáutica Francesa. Pero el año clave fue 1920. No sólo se casó con Dolores “Lola” Güiraldes (se separaron en 1932, pero antes tuvieron cuatro hijos: Vicente, Esmeralda, María y Ricardo) sino que también hizo una hazaña sin antecedentes: realizó el primer cruce de la Cordillera de los Andes volando de noche. Esa vez aterrizó en una playa cercana a Valparaíso. En 1927 se creó Aeropostale SA, una empresa de aviación francesa que empezó a operar en la Argentina en 1929. Vicente Almandos Almonacid figuró como fundador, director y gerente técnico. Entre sus pilotos estuvieron Jean Mermoz, Antoine Saint-Exupery y Henry Gillaumet. Luego fue Aeroposta Argentina, una suerte de predecesora de Aerolíneas Argentinas.

(…)

Vicente Almandos Almonacid murió el 16 de noviembre de 1953.

Desde 1994, y en su homenaje el helipuerto vecino a la Casa Rosada lleva su nombre, igual que el aeropuerto de la ciudad de La Rioja (se impuso en 1972).

(…)

EDUARDO PARISE
“La leyenda riojana de la aviación”
(clarín, 21/11/16)

17.6.17

covers: everybody knows


leonard cohen


kevin johansen and the nada


concrete blonde


rufus wainwright


cadena perpetua


elizabeth & the catapult


norah jones


bette midler

16.6.17

la primera fotocopia de la historia

mr. domingo

(…)

La idea de reproducir documentos ha sido una constante en nuestra historia, a ella debemos la creación del inventó más revolucionario del Renacimiento: la imprenta de Gutenberg. Después vinieron numerosos intentos más o menos estrafalarios como el Pantografo, un artilugio para copiar la escritura que después tuvo otras interesantes aplicaciones, el Mimeograph, del que el mismo Edison construyó una patente (¡cómo no!) o un extraño propotipo que inventó el mismo James Watt. Todos los intentos resultaron infructuosos, pero justo al inicio del siglo XX, cuando se inicia la gran era de los oficinistas, aparecieron numerosos aparatos destinados a copiar documentos, una necesidad acuciante para la mayoría de las empresas nacidas al calor del capitalismo.

De entre la multitud de ingenios que se comercializaban en esta época hubo uno que destacó por encima de todos: las máquinas Photostat y Rectigraph. Ambos métodos, desarrollados en la primera década del siglo, ‘fotografiaban’ directamente el documento, es decir, tras una exposición de 10 segundos generaban un negativo que tenía que revelarse e imprimirse la copia o copias. Total, que el proceso como poco duraba una tarde o un día entero. Esto fue lo que animó a Chester Carlson, por entonces trabajador de una oficina de patentes y acostumbrado a bregar con las copiadoras, a construir una máquina de copiar que pudiese hacer las copias en la misma oficina y al instante.

En un primer momento Carlson intentó hacer evolucionar la idea de las photostat, basada en el proceso fotográfico, pero pronto vio que era una vía sin mucho más recorrido. Así que decidió probar otro campo de estudio: la luz. Entre el papel y la tinta impresa podemos distinguir claramente una cosa de la otra, ya que la tinta absorbe la luz y el papel la refleja. Pero ¿cómo aprovecharse de este hecho? Un libro publicado hacía pocos años le dio la respuesta: Photoelectric Phenomena.

La fotoelectricidad es un fenómeno complejo cuya explicación le valió a Albert Einstein el premio Nobel en 1921. Dentro de esa dificultad Carlson encontró la clave para desarrollar su nuevo invento: la fotoconductividad. Con un material fotoconductivo expuesto a la luz podría reproducir documentos. Los primeros intentos realizados en su casa fracasaron y Carlson se sumergió de nuevo en la bibliografía más técnica hasta dar con un inventor húngaro, Paul Selenyi, que había desarrollado un ingenio para realizar copias mediante cargas electroestáticas. Sus estudios sobre las cargas electroestáticas junto a la utilización de la tinta seca acabaron por desarrollar su invento. Tras muchos e infructuosos intentos en 1938 pudo reproducir en su laboratorio la primera imagen xerográfica de la historia.

Su funcionamiento era el siguiente: una superficie es cargada con electricidad estática en forma uniforme. Dicha superficie es expuesta a luz que descarga o destruye la carga eléctrica, quedando cargadas solo aquellas áreas donde hay sombra. Un pigmento de polvo (tinta seca o tóner) se fija en estas áreas cargadas haciendo visible la imagen, que es transferida al papel mediante un campo electrostático. Finalmente el uso de calor y presión fijaban la tinta al papel.

Carlson patentó su invento e intentó venderlo infructuosamente a varias empresas, pero no fue hasta 1947 que una pequeña empresa de Nueva York, la Haloid Company, adquirió los derechos de la patente para su desarrollo comercial. La Haloid pasaría a llamarse Xerox Company en 1961 y tardaría más de una década en poder sacar al mercado su primera máquina fotocopiadora automática de papel para oficinas, la mítica Xerox 914. La era de la copias comenzaba.

En 1959, tras lanzar en los últimos años numerosos prototipos, Xerox saca por fin al mercado el gran sueño de Carlson. Los resultados no se hacen esperar y la 914 tiene un éxito brutal de ventas. Xerox estimaba que sus clientes harían una media de unas 2.000 copias al mes pero la realidad es que estaban haciendo 10.000 y algunos incluso 100.000 copias al mes.

Tardó cerca de 20 años en desarrollarse pero la espera valió la pena, el primer modelo comercializado a pesar de sus gigantescas dimensiones (en algunas oficinas tuvieron que tirar puertas a bajo para hacerle sitio), obtuvo unos resultados asombrosos y realizaba copias de calidad en tan sólo 7 segundos. El sueño de Carlson hecho realidad, por fin.

(…)

XAVI DOMINGO
“Xerox y el arte de copiar: la revolucionaria historia de la fotocopiadora”
(mr. domingo, 26.02.15)

15.6.17

el texto perdido de arquímedes

cultura bizarra

En 1906, el filólogo danés Johan Ludvig Heiberg (1854-1928) recibió noticias de un palimpsesto con contenido matemático existente en el convento del Santo Sepulcro de Constantinopla. Utilizando técnicas fotográficas consiguió capturar y copiar el texto original oculto, y lo que halló fueron varias obras, algunas de ellas desconocidas, del físico, inventor, ingeniero, astrónomo y matemático griego Arquímedes de Siracusa (287-212 a.C.).

El texto original era una copia, realizada en el siglo X, de algunas de las obras de Arquímedes, que se habían reutilizado para unos escritos religiosos. La mayoría se conocían, pero incluía la única copia conocida de la obra ‘Sobre el método relativo a los teoremas mecánicos‘.

Este escrito era una carta de Arquímedes a Eratóstenes (matemático y astrónomo. 276-194 a.C.) en el que explicaba su método para llegar a dichos resultados, que posteriormente demostraba con el máximo rigor. En el libro, Arquímedes utiliza una mezcla de razonamientos infinitesimales y mecánicos para hallar áreas y volúmenes.

La idea de considerar una superficie compuesta por segmentos o un volumen compuesto por superficies no volvería a aparecer en el mundo matemático hasta dos mil años más tarde, en pleno siglo XVII, gracias a la invención, simultanea pero independiente, del cálculo infinitesimal por parte de Newton y Leibniz.

La creencia general es que si esta obra hubiese sido conocida como el resto de escritos del genio griego, el cálculo diferencial e integral habría aparecido mucho antes en la historia, con lo que eso hubiera implicado en el mundo de la economía, ingeniería y arquitectura, entre otros campos.

El palimpsesto está guardado en el Walters Art Museum en Baltimore, Maryland.

“El Palimpsesto de Arquímedes”
JAVI CHINO
(cultura bizarre, 12.06.17)

14.6.17

fuego griego

abc

(…)

El fuego griego recibió muchos nombres en la Antigüedad: «fuego romano» para los árabes, «fuego griego» para los cruzados que se dirigían a tierra santa y «fuego bizantino» para los otomanos. Entre los siglos VII y XIII, el Imperio bizantino empleó una sustancia inflamable en las batallas navales y en los asedios contra Constantinopla, que le daba una clara ventaja táctica y tecnológica contra enemigos con recursos y hombres muy superiores. Este fuego era capaz de arder sobre el agua y la única forma de apagarlo era asfixiándolo. Tratar de apagarlo con agua solo avivaba aún más la llama. Y si bien hoy en día se utilizarían espumas y polvo químico para extinguir el fuego, en la Antigüedad y la Edad Media la única posibilidad probablemente sería la de usar orina (por su alto contenido en sales inorgánicas y urea), esteras de esparto e si acaso vinagre.

El secreto mejor guardado de la historia militar

Los bizantinos usaban dos métodos para lanzar el líquido inflamable. Uno de ellos consistía en derramar a presión la sustancia a través de un inyector con un ajuste giratorio, después de que un brasero instalado en el barco calentara previamente la mezcla. Otro forma era llenando granadas de cerámica con el material y arrojándolas sobre los barcos enemigos, siempre buscando prender sus velas. Cuando el líquido rozaba el agua o alcanzaba cierta temperatura entraba en ignición e incendiaba las embarcaciones enemigas. Entonces se producían «truenos» y una aparatosa nube de humo. Además de los efectos destructivos, hay que tener en cuenta que la sustancia resultaba tóxica para quienes la respiraban.

El hecho de que incluso hoy resulte un misterio saber la composición exacta de esta sustancia convierte la fórmula en uno de los secretos mejores guardados de la historia del mundo. Los bizantinos guardaron celosamente el secreto y los fabricantes vivían aislados del mundo exterior, hasta el punto de que hoy en día solo cabe especular sobre los componentes y las proporciones, sin que existan muestras o documentos que estudiar. La mezcla incluía probablemente nafta (una fracción del petróleo también conocida como bencina), azufre y amoníaco, si bien se desconocen los porcentajes de cada sustancia. El nafta haría que el líquido no se mezclara con el agua, mientras que el azufre actuaría como combustible.

No obstante, otras investigaciones han propuesto dosis de cal viva, que al entrar en contacto con el agua eleva su temperatura hasta los 150 grados, o mezclas que contengan nitrato, salitre, resina o grasa.

Ya en el año 214 a. C., se considera que el inventor griego Arquímedes había usado una sustancia también inflamable para combatir al ejército romano en su intento de conquistar la ciudad griega de Siracusa. Pero nada demuestra que su fuego griego fuera el mismo que el bizantino… La invención de este segundo se le atribuye a un ingeniero militar llamado Calínico, procedente de la actual Siria, que llegó a Constantinopla en los días previos al primer gran asedio árabe de 674. Se cree, no obstante, que el propio Calínico se basó en los trabajos del alquimista, astrónomo e inventor griego Esteban de Alejandría, que se trasladó en 616 a Constantinopla.

Todas estas fechas flotan en torno al primer gran asedio árabe de Constantinopla, cuando la lucha entre el Imperio bizantino y el Califato Omeya devino en el asedio de la gran ciudad, bajo el mando de Constantino IV. En esta batalla, los omeyas fueron incapaces de abrir una brecha en las Murallas Teodosianas, que bloqueaban la ciudad a lo largo del Bósforo, y fueron derrotados a nivel marítimo gracias al invento de aquel sirio loco. La armada bizantina lo utilizó decisivamente para destrozar a la marina omeya en el mar de Mármara y en la posterior batalla de Silea, en las costas de Panfilia, en el año 678. El cronista Teófanes menciona en sus textos la sorpresa táctica que supuso el fuego para los árabes durante el largo asedio de cuatro años:
«Por entonces había huido a territorio romano un arquitecto de Heliópolis de Siria llamado Calínico, inventor del fuego marino, gracias al cual los navíos árabes se incendiaron y todas sus tripulaciones se quemaron. Así los romanos volvieron vencedores y descubrieron el fuego marino».
Durante años las acometidas árabes perecieron ante la superioridad de la flota bizantina. En el 717, las fuerzas musulmanas aprovecharon un periodo de inestabilidad bizantina para iniciar un nuevo asedio. Después de casi un año de cerco, una escuadra árabe compuesta por 400 naves de refuerzo se sumó a las 300 naves que mantenían el asedio en Constantinopla. Una superioridad numérica que no amilanó a la flota bizantina, que, recuperando la sustancia de Calínico, contraatacó por sorpresa hacia las naves árabes. Esto puso en fuga a los árabes y muchas naves fueron destruidas por el «fuego griego», encaminando el asedio a su último desenlace.

Pasada la sorpresa inicial de estos dos asedios, los árabes aprendieron a combatir este fuego, que en tierra resultaba poco útil y en el mar su empleo era limitado. Árabes, venecianos, písanos, normandos y demás rivales del Imperio bizantino aprendieron a contrarrestar los efectos del fuego griego y a neutralizar su valor táctico. El arma se continuó utilizando hasta 1204, cuando se perdió la fórmula original durante los saqueos y destrucción que sufrió Constantinopla en la cuarta cruzada. Sin la mezcla primitiva, los ingenieros bizantinos buscaron alternativas en otras sustancias inflamables usadas en la Antigüedad, aunque su poder de destrucción nunca alcanzó la densidad del fuego griego original. Estas mezclas alternativas fueron la que probablemente usaron para defenderse del Imperio otomano en 1453, año en el que cayó definitivamente la ciudad.

CÉSAR CERVERA
“El fuego griego, la misteriosa sustancia empleada por los bizantinos para frenar los ataques árabes”
(abc, 09.06.17)